TALLERES 15 de noviembre, 2025 1 min de lectura

Lo que pasa cuando el taller se llena

Crónica de un taller de serigrafía manual con doce personas que no se conocían y una sola mesa de exposición.

El taller estaba pensado para ocho personas. Vinieron doce. No fue un error de organización: fue una señal.

Marc, que lo dirige desde hace seis años, no se inmutó. Reorganizó la sala en quince minutos, añadió una mesa auxiliar y empezó como siempre: explicando que la serigrafía no es difícil, solo exige paciencia. Y que la paciencia, a diferencia de la técnica, no se aprende en un manual.

Durante las primeras dos horas el silencio fue casi total. Doce personas concentradas en sus marcos, en la tinta, en el movimiento del rastrillo. Hay algo meditativo en la repetición del gesto que no esperaba encontrar en un taller de artes gráficas.

Después de la pausa las cosas cambiaron. Las mesas se mezclaron, los diseños se compararon, alguien mostró su primera impresión perfecta con una satisfacción desproporcionada y completamente justificada.

Al final, cada uno se fue con tres estampaciones y algo más difícil de nombrar: la memoria táctil de haber hecho algo con las manos.

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