Kansha: gratitud y cerámica entre Japón y el Caribe taíno
Kansha explora los paralelismos entre las figuras rituales del Japón antiguo y los cemíes taínos a través de la escultura cerámica.
Kansha (感謝), gratitud, es la palabra japonesa que da título a la exposición celebrada del 2 al 19 de julio de 2026 en Musubu Espai Cultural, un espacio concebido para crear vínculos a través del arte y el intercambio cultural. Las obras reunidas dialogan desde lenguajes diversos, pero comparten una misma voluntad: poner en valor la belleza de lo esencial, la memoria, el tiempo, la naturaleza y los gestos cotidianos que, con frecuencia, pasan desapercibidos.
Kansha surge de una investigación que entrelaza la antropología y el arte para explorar cómo distintas culturas han utilizado la creación artística como medio de conexión con aquello que trasciende lo cotidiano. La exposición toma como punto de partida el diálogo entre las antiguas culturas de Japón y el Caribe taíno, revelando sorprendentes paralelismos en sus formas de representar lo sagrado. Los dogū y haniwa japoneses, al igual que los cemíes taínos, no eran simples objetos decorativos, sino figuras rituales concebidas como mediadoras entre el mundo humano, la naturaleza y lo espiritual. A pesar de la distancia geográfica y temporal, ambas tradiciones comparten una concepción del arte vinculada a la memoria, la protección, el rito y la transformación.
Desde la perspectiva antropológica, coordinada por la historiadora Yukyko Takahashi, Kansha invita a reflexionar sobre la capacidad del arte para responder a preguntas universales acerca de la vida, la muerte, el territorio, la identidad y la relación con lo invisible. La exposición no pretende establecer vínculos históricos entre estas culturas, sino poner de manifiesto cómo diferentes civilizaciones han desarrollado respuestas simbólicas similares a través de la materia y la creación artística.
Dos miradas contemporáneas
En el ámbito artístico, la muestra reúne a dos creadores contemporáneos cuyas prácticas dialogan con estas ideas desde lenguajes diversos.
- Anna Fornieles vive en Japón desde hace años y combina diariamente su pasión por el arte, los libros y la cerámica, creando piezas únicas que fusionan las culturas japonesa y mediterránea. En su taller Tougei Tocoton enseña estas técnicas con pasión y respeto hacia una tradición llena de belleza y significado.
- Miguel Rivas es arquitecto, artista visual, ceramista y gestor cultural de origen dominicano, afincado en Barcelona. Su trabajo integra arquitectura, dibujo, pintura y cerámica para investigar la relación entre la materia, el gesto y el tiempo, desarrollando una práctica artística que dialoga con la memoria, la naturaleza y los procesos de transformación.
En la exposición, cada artista aporta una mirada personal sobre la gratitud, entendida como reconocimiento hacia la naturaleza, los ancestros, el tiempo, los vínculos humanos o el propio acto de crear. Así, Kansha establece un puente entre el pensamiento ancestral y el arte contemporáneo, demostrando que, más allá de las diferencias culturales, la creación artística sigue siendo un lenguaje universal para comprender nuestra existencia y fortalecer los lazos que nos unen con los demás y con el mundo.
Dogū, haniwa y cemíes: figuras rituales
Todas las obras expuestas están inspiradas en las figuras ancestrales de los dogū, los haniwa y los cemíes taínos, así como en la Cohoba, ceremonia ritual taína.
Los dogū son figuras de cerámica del período Jōmon (aproximadamente 14.000 a 300 a. C.). Suelen representar figuras humanas estilizadas, a menudo con ojos grandes, formas exageradas y detalles simbólicos. Se cree que tenían un significado ritual o espiritual, posiblemente relacionado con la fertilidad, la protección o la curación, aunque su función exacta no se conoce con certeza. Muchas se han encontrado rotas de forma intencionada, lo que sugiere un uso ceremonial.
Los haniwa pertenecen al período Kofun (siglos III al VI d. C.). Son figuras de barro cocido que se colocaban alrededor de los túmulos funerarios (kofun) para delimitar el espacio sagrado y proteger al difunto. Existen haniwa de forma cilíndrica y otros figurativos que representan personas, guerreros, casas, animales u objetos cotidianos, y reflejan la sociedad de la época.
La diferencia principal es que los dogū están ligados a rituales y espiritualidad en vida, mientras que los haniwa están relacionados con la muerte, el recuerdo y la protección funeraria. Ambos son hoy símbolos importantes del Japón ancestral y una fuente constante de inspiración artística y cultural.
Los cemíes y la cultura taína
La cultura taína se desarrolló en el Caribe insular, principalmente en las Antillas Mayores y algunas islas de las Antillas Menores, antes de la llegada de los europeos. Se consolidó aproximadamente entre los siglos VII y XV, y pertenecía al grupo de pueblos arahuacos, procedentes originalmente del norte de Sudamérica, que migraron hacia el Caribe.
Los cemíes taínos son objetos sagrados que representan deidades, espíritus de la naturaleza o ancestros y ocupan un lugar central en su cosmovisión. Solían estar tallados en piedra, madera, hueso o concha, y adoptaban formas antropomorfas, zoomorfas o híbridas. No eran simples esculturas: se creía que los cemíes contenían o canalizaban fuerzas espirituales y podían influir en aspectos esenciales de la vida, como la fertilidad, la lluvia, la salud, la protección del grupo o el equilibrio con la naturaleza.
Los cemíes estaban estrechamente ligados al culto a los antepasados y a los rituales dirigidos por los caciques o behiques (chamanes). Se conservaban en espacios especiales y se activaban mediante ceremonias, cantos y ofrendas.
Gratitud en dos lenguas
Si kansha es el reconocimiento consciente del cuidado recibido en la cultura japonesa, en el universo taíno esa gratitud se manifiesta como reciprocidad con la vida. No se agradece con palabras, sino con gestos que devuelven a la tierra, a los espíritus y a la comunidad aquello que se ha recibido. El equivalente simbólico de kansha en el mundo taíno podría ser la ofrenda consciente.
Para el taíno, agradecer era devolver una parte de la cosecha, un alimento, un objeto trabajado con las manos, no como sacrificio, sino como equilibrio. El cemí no recibe la gratitud, la encarna: es la memoria material del vínculo entre humanos, naturaleza y ancestros. Agradecer es mantener vivo ese vínculo. En el areíto, el cuerpo se hacía movimiento (danza, canto, ritmo) y expresaba lo que no necesita palabras. El agradecimiento es colectivo, compartido y celebratorio.
Para los taínos, agradecer es reconocer que uno es parte de una cadena: ancestros, vivos y generaciones futuras. La gratitud no mira solo al pasado, sino que cuida el porvenir.
Si kansha, para el japonés, es decir: “reconozco lo que me has dado”, la versión taína sería: “devuelvo al mundo lo que me permite existir”.
Kansha estuvo abierta al público en Musubu Espai Cultural del 2 al 19 de julio de 2026.
Miguel Rivas
Gestor Cultural